Niñez en Albisola Marina
En una de las más atrayentes playas marítimas de Europa, sobre el mar de Liguria, se destaca Albisola Marina. Allí nació, el 27 de mayo de 1811, Benita, quien más tarde sería Sor María Josefa Rossello. Fue bautizada ese mismo día, una verdadera bendición de Dios para la Iglesia, su pueblo y su familia.
Su familia estaba compuesta por su papá Bartolomé Rossello, su mamá Dedone, nueve hijos y dos huerfanitos. No eran ricos, vivían del modesto taller de alfarería. Pero, ¡cuánta riqueza de fe y paz en ese hogar!
Desde pequeña, sus familiares la llamaban «la mujercita». Ya de niña dio señales de energía y decisión, cualidades que le valieron de su padre el apodo de «pequeña capitana» por verla líder e influyente entre sus amistades. Aprendió a modelar la arcilla —entreteniéndose con monjitas y conventos en miniatura— y a ayudar en las faenas del hogar, especialmente en el cuidado de sus hermanos, lo que permitió a su madre atender otras responsabilidades.
Entre sus hermanos y compañeros se destacaba porque era emprendedora y, no obstante su vivacidad, sabía dominar la cólera y evitar las discusiones. Era muy generosa, disfrutaba compartir sus juguetes con los demás y siempre estaba dispuesta a ofrecerse para los quehaceres de la casa.
Le gustaba corretear por la playa de su mar Ligurio; de improviso intercalaba una reflexión moral e invitaba a sus compañeras a rezar, con ella, el Rosario. En las vísperas de las fiestas, las reunía en grupos e iban a confesarse y los domingos acudían todas a la capillita de Nuestra Señora de la Misericordia.
Cierto día en que los fieles del pueblo se dirigieron en peregrinación al Santuario de Savona, apenada la niña por no poder participar, organizó una procesión con sus compañeras. Cuando la pequeña procesión se acercaba, el sacristán creyó que se trataba de los peregrinos, y empezó a repicar. Este alegre recibimiento fue comentado en el pueblo y se tomó como una señal de complacencia de la santísima Virgen por los pequeños.
Vocación, caridad y lema de vida
Viajando a Savona —siendo ya de dieciocho años— se detuvo a descansar en la colina de las Ninfas, desde donde se domina el mar. Extasiada, exclamó ante sus amigas:
«Oh, qué hermoso debe ser Dios!»
Una atmósfera de placidez y bondad rodeaba a Benita; el pequeño mundo regional, al descubrir sus dotes, empezaba a interesarse por ella y a reclamar una parte de su corazón. Se dio cuenta y el hecho la hizo sufrir, porque deseaba ser toda de Dios. Por eso, enérgicamente rechazó todo halago y solicitación y se entregó a una vida de intensa piedad. La gente, al verla ante el tabernáculo, decía con admiración:
«Esa jovencita reza como un ángel».
Su vida de piedad estaba estrechamente unida al ejercicio de la caridad.
Entre sus íntimas amigas —Ángela Dominga Pescio y Paulina Barla— había otra Paulina, que era renga; y Benita le hacía de bastón en sus idas a Savona. Durante el camino trazaban planes para el futuro, que Benita resumía en este propósito:
«Evitar todo pecado, hacerme útil al prójimo, llegar a ser santa».
Se había impuesto a sí misma una especie de reglamento de vida, en el que ocupaba muchas horas para aliviar a su madre y aportar ayuda económica a la familia. En aquel momento creó esa expresión que debía ser el lema de su vida:
«El corazón a Dios y las manos al trabajo»
…y que repetía de viva voz o mentalmente, entremezclándola, a modo de estribillo, con el canto de Salmos o con jaculatorias. En esa unión íntima con Dios, llegó Benita a la convicción de que tenía que ser religiosa. Pero, ¿dónde?… ¿cuándo?… Dios decidiría, porque —según su propia expresión— ella era solo la esclava que debía escuchar y obedecer.
Sentía ansias de apostolado: a veces, frente al amplio mar, seguía con su mirada la estela de un navío y luego suspiraba:
«También yo podría ir a tierras de misión!».
Pero acerca de este punto, determinaría Dios. Ella no sabía hacer nada mejor que abrazarse siempre más a Él, intensificando su vida de oración y de retiro.
Terciaria franciscana y servicio al señor Monleone
A los dieciséis años se hizo terciaria franciscana: el 3 de octubre de 1827 ingresó en la Tercera Orden de San Francisco, cuya regla, observada puntualmente, le facilitó impregnar su vida de espíritu evangélico. Una de sus primeras misiones evangélicas fue el cuidado de un rico ciudadano, don Inocencio Monleone, que yacía paralítico desde hacía tiempo. En 1830 se trasladó a Savona para hacer allí el oficio de una verdadera Hermana de caridad, junto a su lecho y acompañando a su esposa.
Ocho años de su vida le dedicó a esa labor con tanto amor que, fallecido el dueño de casa, su viuda la hizo heredera de la cuantiosa fortuna familiar, cosa que ella rechazó por considerar que sólo había servido a Dios. La única queja respecto a ella fue, precisamente, su negativa ante las ventajosas proposiciones que le hicieron.
Un tiempo antes había manifestado a su confesor la decisión de hacerse religiosa de clausura, pero dada su vitalidad y espíritu de emprendimiento, aquél la disuadió. Era evidente que ese modo de vida no se ajustaba al temperamento de María Josefa y que no era lo que el Señor tenía reservado para ella. Llamó entonces a las puertas de un convento, pero fue rechazada por carencia de dote; solicitó ser admitida como coadjutora, pero no la aceptaron por considerar que no tenía suficiente salud. También intentó ingresar en el Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de las Nieves, dedicado a la caridad, y fue rechazada por no haber logrado reunir la dote necesaria para ser aceptada, algo que provocó en ella un profundo dolor. En vano parecían esos caminos; la joven vio en cada contratiempo la mano de Dios y permaneció tranquila y confiada.
Duelo familiar
Por entonces vivió muchos acontecimientos de mucho dolor. En primer lugar falleció su madre; poco después lo hizo su hermana Josefina, de solamente diecisiete años de edad; luego un segundo hermano y, finalmente, su padre —de 1832 a fines de 1834 la muerte visitó el hogar Rossello—, por lo que María Josefa se vio en la necesidad de tomar las riendas del hogar. A raíz de ese dolor, los esposos Monleone —que no tenían hijos— pensaron retenerla definitivamente consigo, pero ella deducía de la muerte conclusiones completamente opuestas. Le parecía que el Señor la llevaba por ese camino, para que pudiera decir más libremente, imitando a San Francisco: «Padre nuestro que estás en los cielos», y encerróse más que nunca en su propósito.
Las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia
Supo entonces que el obispo de Savona, monseñor Agustín De Mari, se hallaba muy preocupado por la gran cantidad de niñas que vivían en la calle. Se distinguía por la pureza de vida y la extraordinaria amplitud de corazón y, desde su entrada en la diócesis, notó la carencia de institutos benéficos para la juventud. Un día, en uno de sus habituales paseos, se encontró con un grupo de niñas que vociferaban por las calles y que respondieron con insultos a su bondadosa corrección. Al día siguiente sostuvo varias conversaciones y repitió muchas veces:
«¡Oh, si pudiera disponer de alguna persona misericordiosa, capaz de recoger a estas pequeñas “callejeras” y darles la educación que no tuvieron!»
Llegó a oídos de Benita la queja del Pastor y se estremeció su corazón, porque descubrió que Dios, mediante su obispo, la invitaba a la obra. Por esa razón se presentó a él para ofrecerle sus servicios, iniciativa que el Obispo aceptó inmediatamente por ver en ello una excelente posibilidad de rescatar aquellas niñas del abandono y la perdición. Pasó horas de gran ansiedad. Mientras conversaba con Monseñor, éste pudo apreciar el alma noble y ardiente, sin vanidad, de Benita, que poseía un cúmulo de luces sobrenaturales y cuya palabra, apoyada en una fuerza superior, revelaba convicciones.
La entrevista finalizó con estas palabras:
Monseñor De Mari: «Hija, ¡manos a la obra! Busca compañeras que compartan tu ideal. ¡Valor!»
Benita: «¡Póngame a la obra!»
Encomendándole la tarea, el obispo aconsejó a María Josefa encarar la labor con otras jóvenes que tuviesen su misma vocación. Se encaminó hacia Albisola, se reencontró con Ángela y Dominga Pescio y sus primas; a ellas se agregaba Paulina Barla. Al conocer la noticia se abrazaron, rezaron juntas y se pusieron a trabajar en aquella obra. Monseñor De Mari, al conocerlas, vio en ellas un auténtico don de la Providencia. Llamó a un sacerdote canónico como guía espiritual y buscó protectores: José Nervi y Juan Bautista Pico.
María Josefa tenía veintisiete años cuando, en 1837, fundó la congregación de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, también llamada de la Merced. El obispo le buscó una casa; la alquilaron y entregaron la llave a Benita, quien se sentía transportada por un sentimiento al cual asociaba a sus queridos del Paraíso. ¡Debían haber intervenido también ellos para obtener tanta maravilla!
La secreta vocación a una vida con Dios se hacía cada vez más insistente en su alma:
Quiero dedicarme con fervor a glorificar a Dios, a trabajar por Él y por el bien de los hermanos.
Todo pasa… como estas flores, hoy tan maravillosas y mañana ya sin esplendor.
Sólo Dios es la verdadera belleza.
Debemos amarlo sobre todas las cosas.
El alma al cielo y basta, porque todo el resto pasa.
Obra misionera
Así nació la congregación, de manera humilde y sencilla, siendo su lema que cualquier muchacha con deseos de ingresar en ella fuese aceptada aún sin dote. Poco después, el obispo le permitió organizar un grupo destinado a impulsar las vocaciones sacerdotales y les consiguió un lugar donde iniciar su obra.
Se trataba de una ruinosa casona provista de unos pocos muebles viejos, cuatro colchones de paja tirados en el piso, un crucifijo y un cuadro con la imagen de Nuestra Señora. Confiando plenamente en su lema «El corazón a Dios y las manos al trabajo», de esta manera comenzó la heroica misión de la Madre Rossello en el mundo, liberando, criando, educando e insertando en la sociedad a las niñas esclavas traídas desde África, compradas por el Padre Olivieri y Josefa Ranzani —una joven voluntaria que, de inmediato, las entregaba a las hermanas—, quienes las recibían como verdaderas hijas, tratándolas con una dulzura que les era completamente desconocida.
Fue tal el impulso inicial de la congregación que las deudas crecieron considerablemente. Sin embargo, al morir, la señora Monleone le dejó en herencia su fortuna, con la cual la Madre fundó nuevas casas.
Sus últimos años
Sor María Josefa Rossello estuvo al frente de su comunidad por espacio de cuarenta años sin descuidar las tareas más sencillas, como la atención personal de los enfermos, la limpieza, la cocina, etc. Todo ello, sumado a sus grandes responsabilidades, debilitó sus energías; pero, tras quince días de descanso ordenados por el obispo, se recuperó y trabajó varios años más hasta que una serie de males minaron su salud.
Falleció rodeada por sus hijas de la congregación el 7 de diciembre de 1880. Su cuerpo fue depositado en la capilla de la Casa General y su corazón en la de la Casa Madre, en Savona. Su Santidad el Papa Pío XII la proclamó santa el 12 de junio de 1949.